LOS DETALLES DE ESTE CASO 
Cuando me acerqué a la casita de esta madre, la encontré sentada afuera con sus dos hijos más pequeños. Hablamos mucho, siempre lo hacemos, pero esta vez le dije que iba a contar su historia. Por obvias razones no diré su nombre, pero sepan que hablo de una mujer buena, divertida, solidaria, a quien conozco desde que eramos dos gurisitas y compartíamos el almuerzo en el comedor de la escuela. Luego perdimos el contacto por mucho tiempo pero la vida nos volvió a juntar.
Llena de ilusiones conoció hace varios años atrás al padre de sus hijos. Quien fue según su propio relato, una persona antes y una persona después de que quedara embarazada de su primer hijo. Desde allí comenzaron los maltratos, psicológicos, verbales, hasta llegar años después a la violencia física. Intentó irse muchas veces pero tuvo miedo por no tener a donde ir, pidió ayuda a familiares pero no la obtuvo, tenía terror de no tener con qué alimentar a su hijo, «Yo me iba a vivir en carpa si era necesario, pero a mi hijo no podía llevarlo a cualquier lugar». Los años pasaron, había etapas de mejor trato que otras, y llegaron más hijos a los que se aferró con su alma. Los embarazos fueron buscados y otras veces sin desearlos, pero como quien soportaba el maltrato era siempre ella, hacía eso, soportarlo.
Sin embargo, sus hijos más grandes crecieron viendo muchas escenas violentas en las que sufrieron mucho, cada vez más conscientes de lo que padecía su mamá. No sólo ellos, fueron muchos vecinos quienes pueden atestiguar de cachetadas, empujones, insultos, que él le propinaba incluso frente a ellos. Algunas personas se acercaban a hablar con ella, pero la gran mayoría fue parte de la indiferencia, del «no te metas» que en otra época era el común denominador social ante situaciones de abuso o violencia, una cultura que nos volvía cómplices, con la que afortunadamente, poco a poco fuimos rompiendo. Una noche la violencia escaló demasiado alto, esa noche y viviendo ellos en otra ciudad, esta mujer fue víctima de un intento de femicidio contra su vida. Con un arma blanca fue atacada frente a sus hijos, milagrosamente pudo escapar y pedir ayuda, denunciando por primera vez al violento con el que convivía. Por fin había juntado ese valor que tardó años en construir. Una jueza le brindó medidas de protección y lo apartaron durante meses del domicilio. Pero en ese tiempo nadie la asistió, quedó sola en otra ciudad donde no tenía personas con quien contar, sola, y con 3 hijos para alimentar y criar. Así que volvió a Viale, y ante la imposibilidad de trabajar porque sus hijos eran demasiado chiquitos para dejarlos solos, al tiempo él violento apareció, la manipuló sabiendo que no tenía ayuda ni trabajo, y volvieron a convivir. La llenó de promesas, aunque ella sabía que no decía la verdad; pero antes que su propia seguridad estaba el amor por sus hijos, para quienes necesitaba un techo y comida, y se arriesgó una vez más.
Por un tiempo, la situación fue distinta. Comenzaron a edificar su casita, el dinero no alcanzaba para mucho, vivían en otro lugar y de a poco avanzaba en la construcción de su propia vivienda en un terreno municipal que hacia años le habían otorgado. Ella se aferraba a ese sueño, ya que teniendo su propio lugar, sabia que sus hijos tendrían asegurado un espacio para crecer dignamente, y la posición de vulnerabilidad frente a las humillaciones constantes y las agresiones del padre, iba a ser otra.
Se fueron a vivir a esa casa, era precaria y le faltaba muchísimo, pero era propia. Allí llegó una tarde una mujer, el hombre no estaba. La mujer estaba embarazada y sostenía que tenía una relación con su pareja quien era padre del hijo que esperaba y se fue. Cuando volvió a su casa el hombre, hubo una discusión donde se le cuestionó su doble vida. Y allí volvió a aflorar el monstruo golpeador que siempre había sido. La golpeó ferozmente, pero esta vez sus hijos ya estaban grandes, y lo enfrentaron por defender a su mamá. Y allí sucedió lo que hasta ahora no había pasado: la violencia se trasladó a sus hijos. Luego se fue y regresó al siguiente día como si nada hubiera ocurrido. Pero ya no había retorno. Una denuncia pesaba sobre él, ella era capaz de soportar las agresiones pero no iba a permitir que sus hijos fueran víctimas de su violencia. Aunque siempre lo habían sido sin recibir los golpes físicos.
Nunca más volvió. Pero la violencia no cesó. Los organismos que debieron garantizar medidas no se movilizaron lo suficiente. Y a las semanas, este violento intentó volver a atacarla, tirándole el camión que manejaba sobre ella y su hijo más pequeño que se trasladaban en una moto. Pude ver como dejó la motocicleta destruida. Sinceramente fue nuevamente milagroso que solo haya resultado con lesiones leves y su pequeño a salvo de todo.
Esto fue hace 7 meses. Tuvo que vivir eso para que se le facilitara un botón antipánico y restricciones más estrictas.
Hasta hoy no recibe una cuota alimentaria acorde y de manera estable, el violento busca trabajos donde no sea blanqueado para no estar obligado por ley a pasar un porcentaje determinado, además su actual pareja se apersonó nuevamente para exigir que abandonen la vivienda porque esa propiedad (terreno) está a nombre de este masculino y su nueva familia. Sus hijos son obligados a tener contacto con su papá, ella jamás lo impide, pero sufre porque los niños no quieren verlo y muchas veces manifiestan que él los deja solos en las horas que deben compartir junto a él.
Todos estos meses han sido de mucha lucha, primero asistida por amigas que ayudaron con mercadería, buscando trabajo de lo que sea para garantizar los derechos de sus hijos, las asistencias por parte de quienes deben atender su situación no alcanzan. Lo sigue cruzando por calles de la ciudad, por distintos lugares y me expresa «te juro que el miedo me vuelve a paralizar».
Ella sobrevivió a años de maltratos, a dos intentos claros de femicidio, sobrevive al miedo y a las necesidades que atraviesa. Ojalá contar su historia, no despierte condenas de quienes ven todo más fácil cuando no lo padecen, y sí motive mayor responsabilidad por parte de todos los que debemos garantizar su protección y la de sus hijos.
La violencia de género no está lejos, no es de ciudades grandes o solo pasa en las noticias tremendas que vemos en portales de comunicación. Existe, es real y debemos todos involucrarnos para combatirla.
Hoy su rostro cambió. Su cara tiene otra luz. Su sonrisa es natural, casi de alivio. El temor no se va del todo, pero aprendió a sobrevivir aún con él.