Estas familias, amigos y profesionales que conforman la agrupación «Aprendiendo a sobrevivir», me contaron que el grupo surgió por parte de algunas mamás que en la búsqueda desesperada de ayuda hacia sus hijos con problemas de consumo, se unieron en un espacio donde luchan por no rendirse ante esta inmensa problemática que atraviesa toda la sociedad.
Se reúnen los martes los familiares, en una de las aulas del museo de la ciudad, lugar que recientemente se le fue otorgado para el desarrollo de sus actividades. Y los miércoles asisten solo los jóvenes para dialogar entre ellos y con el acompañamiento profesional de la Licenciada en Psicología Evelyn Chiardola. Ahora también planifican diferentes talleres para ofrecer a los chicos que se acerquen.
Este espacio no sólo está pensado para quienes necesiten ayuda, sino quienes demanden información, contención, asesoramiento, como una forma de prevención ante este enorme flagelo. Además me comprometí a colaborar en la idea que tienen de generar charlas en las escuelas, clubes, realizar difusión en distintos eventos culturales, etc.
«La droga no solo enferma a quien la consume, sino que todas las personas que estamos en su entorno enfermamos también. Nos golpea y lastima a todos. Y acá venimos a fortalecernos para no destruirnos», -testimonios como este me emocionaron hasta las lágrimas.
Les agradezco muchísimo el haberme invitado, el dejarme expresarme, el poder también contar parte de mi vida docente en conexión con momentos duros relacionados a adversidades como las que ellos, admirablemente, soportan y sobrellevan todos los días.
Aferrados al amor a Jesús, abrazadas a una misma causa, con todo el valor que representa ocupar una de esas sillas y hacerse cargo de una situación tan difícil, en una ciudad donde seguimos estigmatizando y discriminando como si fuéramos inmunes a todo, verlas con esa valentía imperante, aún con todo el dolor en el alma, fue emocionante. Me sentí privilegiada de ser testigo del amor enorme que profesan, comprometidas no solo con su propia historia sino con generar acciones que sirvan para que otros no caigan en la misma tentación de la que es tan complejo retornar.
«Son pocos los momentos en los que vuelvo a encontrarme con mi hijo, la mayoría del tiempo se vuelve alguien desconocido. Pero jamás voy a negarle mi amor. Ya perdió todo por culpa de la droga, al menos eso no va a perderlo nunca», dijo una de ellas y retumbó en mi corazón de mamá.
Seamos parte de la solución y no del problema, dejemos los prejuicios y las condenas para enfocar la energía en construir puentes de empatía y de humildad, porque las enfermedades no eligen, no discriminan ni por nivel social, económico, ni por edades ni apellidos. Aprendamos junto con ellas a sobrevivir a esta problemática que parece infectarlo todo, trabajemos desde todos los roles responsablemente para combatirlo, y apoyemos a este grupo y a cada persona que está batallando contra el consumo, solo así estaremos contribuyendo en la protección de las próximas generaciones.