Carlos Chiardola, ya desde el año 80 inició en este mismo lugar con el tambo. Un oficio que vivió desde gurisito a la par de su papá. Formó su familia, con su primer esposa que luego falleció, con quien tuvo dos hijos: Javier y Marina. Tiempo después volvió a apostar al matrimonio, y desde entonces junto a Mariela hizo más grande su familia, de ese amor llegaron 3 hijos más: Jorge, Carla y Camila.
Hace 30 años que Mariela acompaña a Carlos a la par en este proyecto de vida. Donde además del tambo, se dedican a la ganadería y a la agricultura para el alimento de sus animales.
Los años comenzaron a generar su desgaste y los padres enseñaron mucho de las tareas a sus hijos, hoy reciben mucha ayuda de Jorge que decidió no continuar una carrera universitaria y dedicarse a seguir con las tareas rurales, y también cuentan con un empleado que los asiste. Las dos hijas menores, están estudiando la profesión de veterinaria en Esperanza, Santa Fe.
Puede ser una imagen de una o varias personas, personas de pie y al aire libre
El campo, las labores diarias, el tambo sobre todo, no entiende de navidades, de eventos importantes, de situaciones difíciles de la vida, es diario, continuo, y sin descanso posible. Se comienza muy tempranito a eso de las 5.30 de la mañana y se termina siempre cuando el sol ya no está. La materia prima es vendida a algunas industrias y también a particulares.
Mariela es además ama de casa, por lo que después de acompañar en las tareas, viene a la casa que tienen en la ciudad, a cumplir con los quehaceres. Además disfruta mucho de la cocina, nos han dicho que es excelente repostera.
«Lo que más me enorgullece es haber inculcado a nuestros hijos, el conocer el sacrificio que implica cualquier comodidad que pudimos darles, cada logro que hemos conseguido, ha sido fruto del esfuerzo del trabajo. Y aunque la dedicación es mucha, la remuneración económica no es muy buena.
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Sin embargo, siempre hemos continuado y progresado de a poco. Hoy ellas cortan pasto, trabajan de mozas, hacen lo que pueden allá en Santa Fe, a la par del estudio, para ayudarse con los ingresos y terminar la carrera», me contó Mariela.
Al bajar del auto, me recibieron como guardianes, perros y gatos casi a la par. Los árboles de flores coloridas decoran el patio, y los terneros descansaban a la sombra de los mismos, al igual que un manso caballo. Más atrás rondaban chanchos, ovejas y a lo lejos las vacas ya estaban en la pradera.
El tractor inmóvil me recordó a esa infancia feliz donde me crié, con padres que supieron ejercer los mismos oficios.
«Acá lo que más se necesita es la presencia del Estado para mejorar los caminos. Todos queremos trabajar y pagar nuestros impuestos, pero poder salir los días de lluvia es fundamental. Hubo momentos muy duros donde ni con el tractor podíamos lograrlo y la impotencia nos llenaba de angustia».
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En este día, mi reconocimiento y admiración para tantos trabajadores como ellos, que dejan su vida diaria dedicada a la producción, que luchan sin descanso para cumplir con sus labores, que no descansan jamás, ni siquiera en este, su día de reconocimiento.
Mujeres y hombres que honran la dignidad del trabajo, que en diferentes rubros, dan lo mejor de sí mismos en su tarea cotidiana, convirtiéndose en el motor que hace movilizar a un país.
¡Feliz y merecido día a todos los trabajadores y trabajadoras de nuestra Argentina!
EL DATO : 
PADRE E HIJO  HACE  AÑOS Y HOY  , UNA TRADICIÓN FAMILIAR
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