Las elecciones de 1983 iniciaron el período más largo de continuidad democrática de la historia argentina, no interrumpido desde entonces. Simultáneamente se eligieron la totalidad de los miembros del Congreso Nacional, gobernadores de las provincias, legisladores, intendentes y concejales en todo el país.
Fue la primera victoria en una elección presidencial obtenida por la Unión Cívica Radical derrotando sin atenuantes al Partido Justicialista en elecciones transparentes y sin proscripciones. 
Una adecuada perspectiva histórica nos indica que no solamente significó la victoria electoral del radicalismo y su candidato a presidente Raúl Alfonsín en elecciones libres, transparentes y sin fraude por sobre el peronismo, pero por sobre todo, derrotando definitivamente al autoritarismo, la violencia política, las interrupciones constitucionales y las violaciones a los DDHH. 
Vale señalar que no solamente fue un episodio electoral de los tantos que hubo en nuestra histórica cronológica, ni tan solo una transición de un gobierno de facto hacia un régimen constitucional, los cuales padecieron de cíclicas crisis y rupturas a través del siglo XX.
La sociedad en su conjunto realizó un balance basado en el duro aprendizaje con respecto a la década precedente al comicio de 1983, y en un proceso virtualmente contracultural, eligió la convivencia pacífica por encima del miedo y el autoritarismo.
Aunque desde este pandémico y complejo 2020 que atravesamos pueda parecer anecdótico, el 30 de octubre de 1983 es ​​como sostuvo el mismo Alfonsín en su campaña, «una bisagra en la historia». Desde entonces ya pesar de las vicisitudes conocidas por todos, el sistema constitucional y democrático goza de estabilidad, permanencia y vitalidad cuyo mérito, independientemente de gobiernos, dirigentes y fuerzas políticas radica fundamentalmente en la fortaleza de la sociedad civil. 
Como se ha dicho y con las particularidades advertidas estamos atravesando el período de continuidad y vigencia del sistema democrático más largo de nuestra historia contemporánea (excepción hecha claro está del que entre 1880 y 1930 caracterizó la vigencia de la República Constitucional moderna en la Argentina).
Hablamos de la fortaleza de la sociedad civil precisamente porque entendemos que es allí donde radica el cambio cultural más sólido y notable de la vida argentina desde 1983 a la fecha. 
El candidato presidencial convocaba en sus spots de campaña advirtiendo que «más que una salida electoral era una entrada a la vida», no pudo ser más preciso y concreto en su mensaje. 
Se iniciaría así una instancia nueva en el país, en el que la convivencia, la tolerancia y el respeto hacia las instituciones donde la nota distintiva con relación a la historia reciente del país que llevaba más de medio siglo de inestabilidad y alteraciones al régimen constitucional y democrático con períodos de profunda e irracional violencia aceptada, justificada o tolerada por la política y por la sociedad o parte de ella.
La experiencia indica que aún en contextos y situaciones de enorme tensión social y política, la comunidad ha comprendido profundamente el valor de la paz social y de la vigencia de las instituciones. Gobiernos, formaciones políticas, grupos de presión, factores de poder procuran imponer su agenda, sus intereses, su visión, pero la sociedad es la principal valla de contención a aventuras de cualquier tipo. La ciudadanía ha comprendido que la democracia, el peor de los sistemas de gobierno si se exceptúan todos los demás, en la indeleble definición de Churchill, es el reaseguro no solamente de sus libertades y sus derechos sino de la seguridad y la integridad de su propia existencia.
 
* Presidente del Instituto Nacional Yrigoyeneano