Podrán pasar los Mundiales con sus Waka Waka de turno, pero Un’estate italiana siempre ganará en intensidad».

A mí, en cambio, ese himno me recuerda mi primer derrota dolorosa. Mi infancia. Junio de 1990. Mi escuela rural. Nuestro primer tele a color. Un Kenia Sharp obeso y sin control remoto pero inmortal. Recuerdo a mi hermano Bruno peleando. A mi hermana Camila que venía de camino, dando patadas en modo mundial. Olor a pan casero y comida de olla escolar, con el inconfundible sello de las manos de Petaco, mi viejo. Mi mamá de guardapolvos. Todos mis compañeros de escuela sentados en el piso de una popular improvisada en el living. La Vale López, la Vani Villalba, El Tiri Pizetta, la Vane, la Vivi Pizetta, la Silvi, la Laucha Villalba, La Poli Fontana, el Dante «Chiquito»… Todos. A la mitad de ellos no le importaba lo que pasaba. El resto esperaba que Petaco sirviera la comida. Solamente yo me comía las uñas y rezaba para que el Cani sorteara una masacre de patadas y marque el gol que la historia demandaba. Porque era un partido que teníamos que ganar caminando. Fácil. De taco. Ellos no tenían al Diego, ni un hijo del viento. No tenían nada. Ingenuo de mí.

En el entretiempo nos fuimos a patear afuera. Todos éramos Maradona y Caniggia. Fueron expresiones futbolísticas muy sutiles, porque los autoritarios ojos de nuestra maestra nos señalaban que había que volver luego a clases y cuidadito con entrar al aula con los pantalones rotos o el guardapolvos con alguna mancha de césped.
Arrancó el segundo tiempo y seguía convencido que teníamos que ganar. Que ellos no tenían chances. Hasta que el elástico y sombrío Oman Biyik (o como se escriba) saltó más alto que Dios y Pumpido no logró detener una pelota que mi hija podría haber atrapado…
Así caíamos en el inicio de una Copa del Mundo. La primera para mí. La más importante. Porque a los 10 años, si sos futbolero solo tenés la cabeza para eso y disfrutas cada segundo de partido. Me puse a llorar como lo que era, un niño que no comprendía nada de formatos, ni clasificaciones. Que no sabía perder al fútbol. Mis compañeros se burlaron de forma desmedida. Sigo creyendo que no entendieron nada. Me levanté del piso, con las manos llenas de tierra y los ojos sucios y mojados y le pregunté a mi viejo: «papi, ¿Ya no podemos salir campeones?». Él, como hasta hoy, cuidó las palabras que podrían haberme lastimado por entonces y me respondió «Sí, claro que sí Negro». Aunque, la verdad, es que nunca creyó eso.